Dirigir a través de conversaciones

Dirigir a través de conversaciones

Desde nuestra infancia somos seres relacionales. Como seres humanos conversamos, hablamos, charlamos, debatimos, discutimos

Para desarrollar lo mejor de uno mismo, aprender y crecer intelectual, moral y emocionalmente, nos necesitamos los unos a los otros.

La palabra, el silencio, el gesto y la escucha se convierten en poderosos instrumentos de autoconocimiento, de relación y convivencia.

Pese a que conversar es una actividad innata en la persona y al abasto de todos, resulta un bien escaso y difícil de gestionar correctamente.

En la sociedad de la información, con todos los medios y las posibilidades que tenemos a nuestro alcance, el arte de conversar se convierte en una herramienta raramente utilizada.

Es importante percibir las conversaciones como intersecciones o cruces, que abren o cierran vías y posibilidades, determinando en ocasiones nuestro destino.

“Son determinantes” tanto las conversaciones que tenemos, como las que no se llegan a producir”.  ¿Cambiarían nuestras inquietudes si las abordáramos desde este punto de vista?  “A este problema le falta una conversación”.

Reflexiona: ¿Tienes conversaciones pendientes?” (con tu hermano, un amigo, un compañero de trabajo, tu jefe, tu pareja)

Sería raro que no las tuvieras, de hecho, tu vida podría haber sido otra si las hubieses tenido, o las hubieses preparado.

La conversación es una herramienta transversal, es decir, la usamos tanto en nuestra vida laboral como en nuestra vida personal.

Debemos reflexionar sobre el vacío que ha dejado el Management respecto a la conversación como herramienta directiva para dirigir personas y centrarnos en la idea de que la calidad del liderazgo depende de la calidad de la conversación.

Hace falta una oleada de conversaciones que restaure relaciones entre profesionales, que alinee equipos entorno a estrategias u objetivos con futuro, que emprenda entusiasmo en los colaboradores y que fomente su capacidad creativa.

La creatividad se relaciona estrechamente con el diálogo, ideas buenas se convierten en grandes ideas, cuando hay buenas conversaciones de por medio.

Por el contrario, la creatividad se paraliza ante el afán de control, ante las propuestas rígidas, el exceso de normas y/o procedimientos, ante reacciones conservadoras que no aceptan ser debatidas debido al posible tambaleamiento de la seguridad.

Después de una buena conversación no hay ni ganadores, ni perdedores, solo hay personas más cerca de la verdad.

Sin tener en cuenta la intención de los interlocutores, muchos desencuentros profesionales y personales se deben a conversaciones abruptas e improvisadas que salen mal. Es entonces cuando aparece esa palabra que tanto nos cuesta mencionar, perdón.

Pedir disculpas después de un desencuentro nos lleva a la tan temida incertidumbre ante lo desconocido: ¿Cómo reaccionará la persona?, ¿Qué nos dirá?, ¿Cómo nos afectará?

En un contexto actual, en el que reina la sobrecarga informativa y las redes sociales, se ha revalorizado el poder del silencio como escenario en el que reinan los hechos.

Debemos aprender a callar, a guardar silencio y no precipitarnos con respuestas inadecuadas, ni murmuros a la espalda que enervan y destruyen relaciones. El silencio es muy útil como facilitador de la escucha y para generar empatía.

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